sábado, 24 de noviembre de 2007

Dolores

Dedicado quizás a la persona más desconfiada y cerrada que conocí, pero la quiero, solo porque al final se abrió y creo que sintió esto

Nombre propio.
Siento que mi cuerpo se encuentra invadido por una rara sensación, que hace varios años no recordaba mi lastimado templo orgánico. Percibo una fuerte presión que abarca gran parte de mis ojos. De allí baja hacia mi laringe, entorpeciendo de manera engorrosa mi habla y canto. Luego se proyecta hacia mí traquea, desplazándose hacia mi tórax (o pecho, como quieran decirlo) donde hace una presión positiva sobre mis pulmones, dificultando mi respiración; y lo peor de todo se siente en el corazón: esa bomba que eyecta sangre hacia nuestro organismo se ve completamente limitada y trata de manera casi imposible mantenerme vivo.
Una lagrima recorre un corto camino del modo más cruel, desde el ángulo interno del ojo, hacia la comisura de mis labios, en ese preciso instante la respiración y los latidos de mi corazón aumentan su frecuencia. Mis cuerdas vocales parecen haber sufrido unas fuertes y monstruosas caricias provenientes de duras lijas, y sangrando trago saliva, creyendo que de esa manera se terminaran estos horribles síntomas, pero no logra agonizarlos.
Las perdidas nos hacen sentir así. Y como no sentirme así, si te perdí. Te perdí y lo peor de todo es no poder ni olvidarte, ni evitar sentirme así. El cielo se torna completamente gris y el aire vira de calmo a turbulento, llenándose de electricidad. Los jardines se secan y sus restos putrefactos emanan hediondos olores que irrumpen el aire, impidiendo que la vida reine en ese triste paisaje que se semeja al de un cementerio indio. Nos encontramos encerrados en un cuarto que tiene una sola puerta con un manojo de dos millones de llaves en al cuarto entero, y mientras tratamos de ver cual es la llave que nos saca de ese cuarto, las luces se vuelven menos nítidas y el aire comienza a escasear, solo podemos desesperar. Todos los caminos van a roma, y todo hule a infierno. Así me siento cada vez que amo con locura y luego pierdo sin siquiera saber porque, sin saber si fue culpa mía o sin saber el porque de la pérdida. Lo que si se es que siempre aprendo de las pérdidas, y cuando sufro una similar ya no sufro en la misma magnitud. Y en todas las que padecí, aprendí a que solo quedan los sueños. Esos que tengo por las noches, por mas lejos que se encuentre, en los que los dos estamos tirado en la cama riéndonos a más no poder, compartiendo todo lo que nos rodea, y somos felices. Esos sueños que quiebran distancias, muertes y amores no correspondidos. Son esos sueños los que me mantienen vivo a pesar del dolor de no sentirte cerca. Por eso, esta noche, voy a soñar contigo, y me sanará las heridas que marcaste en mi alma sin motivos o por lo menos no me los diste. Soñaré, soñaré, soñaré, y de todo me curaré. Sólo eso quiero hoy.

Lito, Adrian y yo

Dedicado a ellos, bueno a Lito nunca lo conocí, pero los otros dos son geniales:

Saltamos el alambrado, y nuestras narices olían el delito pasajero de esa noche. Nos fuimos hacia lo más oscuro de Olivos, y pretendíamos ocultarlo todo, esa sería nuestra primera vez, y trataríamos de no olvidarlo. Lucharíamos contra el olvido que proviene de su esencia, ese olor a cerebro quemado nunca se nos iría de nuestras pieles, a menos que volvamos a repetirlo. Éramos tres adolescentes en busca de nuestras personalidades imperfectas y delirantes, Ezequiel “Lito”, Adrián y yo.
Lito tenia miedo de perder la conciencia y cometer un verdadero crimen, pero Adrián y yo lo calmamos y le dijimos que si esto lo hacíamos juntos, juntos iríamos presos. Una mentira, porque todos sabíamos que sólo uno es responsable de sus actos, pero teníamos miedo de que el cagón de Lito salga a contar todo, y con esa mentirilla los tres estábamos contentos. Fue entonces cuando Lito sacó la bolsita con hierbas mágicas, Adrián un papelillo y yo tendría el arduo trabajo de armar todo, era el crimen perfecto. Todos para uno y uno para todos. Cuando terminé de armar la perfecta escultura saqué un encendedor de mi bolsillo, fue allí que comenzó nuestro fin. El porrito salió de gira, dio varias vueltas entre nosotros, y nosotros dábamos vuelta, nos hacíamos uno. Luego caímos de espaldas contra el pasto húmedo de sentimientos añejados, y miramos las estrellas y ellas nos miraban. Estábamos más mareados que en una calesita, más sonrientes que un niño en Navidad, más dementes que Napoleón. Nos reíamos del cielo, los mosquitos y de nuestras caras. Fue tan rara la sensación que sentimos, que nunca más volvimos a repetir un momento como ese. Porque cada vez que luego fumaríamos, nunca estaríamos los tres, el destino nunca más nos volvió a juntar, a partir de ese día dejaríamos de ser los tres mosqueteros y trataríamos inútilmente de juntarnos, pero nunca lo lograríamos.
No sé si me arrepiento de haber cometido ese crimen, lo que sí me arrepiento es de haberlo hecho con ellos que tanto los quería. Adrián sería el primero en partir. Al parecer la droga lo dejó bastante mal, o quizás fu el amor. A Lito no lo veo desde hace tres años, no se siquiera si esta vivo. Y yo ¿qué puedo decir de mí? Casi nada. No tengo futuro, estoy en una plaza con unos amigos dándole a la merca, todos estamos idos, solo quiero jugar. Presiono el gatillo de la pistola justo en el momento en que mi viejo se está yendo a su trabajo. El escucha el ruido estruendoso, gira su cabeza y me ve tirado enfrente de mi casa, rodeado de gente que no quiero y bañado en sangre. Sus gritos inútiles nunca lograrán despertarme, pero él intenta llevarme urgentemente a la clínica en la que trabaja, pero lo único que obtiene es ensuciar su auto con la sangre de su hijo. Ya partí, no sé a donde, pero lejos.
De todo lo que me arrepiento es de haber sido tan ignorante, y no haber amado lo que me quería. Y sólo nosotros tres sabemos lo que sufrimos, nosotros tres y alguien mas quizás, alguien que nos inmortalice, alguien que haga lo que nosotros tres no pudimos.